La IA no crea estúpidos: El hombre detrás de la cortina


"La gente exitosa funda empresas. Gente más exitosa aún funda naciones. La gente más exitosa de todas, funda religiones".  
Sam Altman, cita en su blog.


Habrá pocas personas que todavía no hayan oído hablar de la Inteligencia artificial, pero quizá haya aún menos personas cuyas vidas hayan sido real y profundamente afectadas por ella.
Tomémonos un momento para pensar en cómo es que se nos ha generado la impresión de esta tecnología como algo "revolucionario". Revisemos juntos qué discurso y qué hechos han construido esta gran escena. 

Fuera de quienes bien podrían sentir cambios profundos en tener un asistente only-text que les alivie para cuando la soledad toca la puerta (para su suerte, el modo de voz es gratis desde el pasado febrero), sabemos que no es sólo la primera experiencia de estas tecnologías lo que forma el culto. Para bien o para mal, la mayoría completamos nuestra opinión acerca de la IA, así como de muchos otros temas, leyendo noticias, oyendo rumores, anécdotas en redes. Es decir, navegando entre emoción, marketing y experiencia. Con respecto al marketing, la IA es excelente para promocionar, la estrategia puede ir sobre explotar en nosotros la curiosidad de probar algo que antes se pensaba como imposible, como toda innovación pero con el plus del morbo de vernos a nosotros mismos en la máquina. La ilusión de poder, tener como asistente a la más humana de las máquinas, tienta. Pero ver lo humano en los mensajes del mejor autocorrector predictivo de todos los tiempos, da algo de miedo. El riesgo de ser reemplazados en nuestro propio nicho: La inteligencia. Y es quizá su potencial lo más atractivo de esta tecnología, todo aquello que aún no es. ¿Cómo podríamos explicar esta idea a nuestros ancestros sin recurrir a la magia o algún demonio? Sin duda hay en esta idea algo de increíble, algo de terrorífico. ¿Teme también ser reemplazado?, ¿qué tan fácil es impresionarnos? 

Nombres de empresas que seguramente ya les sonarán, OpenAI con Chat GPT, Meta (Facebook) con Llama, High-Flyer con DeepSeek, etc. que, entre otras cosas, se han encargado de llenarle bien los bolsillos a sus inversionistas a través de prometernos el futuro soñado justo como otras personalidades del mundillo de la tecnología, desde Bill Gates hasta Sam Altman (el de Open AI), nos han acostumbrado. Ya sabrá usted, ese optimismo del rollo yuppi ochentero, con los Rolling Stones, y criptomonedas como cohetes to the Moon, que en el contexto de la Inteligencia artificial es un tren del que Musk se ha bajado, pues el año pasado entró en un embrollo legal con Open AI por una demanda millonaria. Fuera de sus cotilleos y choque de egos billonarios de toda la vida, Musk justificó parte de su actuar de forma sorprendente: Open AI ha dejado de ver por el "beneficio de la humanidad", por el beneficio económico. ¡En serio! Nunca pensamos estar de acuerdo con Elon Musk en algo, aunque sea parcialmente, pero aquí estamos.

Hay que reconocer lo impresionantes de algunos avances en IA, donde los que nos quedan más cerca son los de la Inteligencia artificial generativa, imágenes y videos ahora cada vez más realistas (Véase el reciente lanzamiento de Veo 3), y no son los únicos. Los mencionamos porque creemos que toda crítica debe tender a ver con justicia aquello que critica.

Pero fuera de las novedades que el tiempo dirá si serán o no sostenibles, noticias de última hora: OpenAI podría quedarse sin fondos en 2027, fuera del uso de agua y emisión de CO₂ de cada modelo. Es importante que veamos cuál es el papel de la propaganda, que es el verdadero nombre de lo que conocemos como "publicidad" o "marketing", en la construcción de la idea de Inteligencia artificial que tenemos actualmente. Cuánto dependen sus ventas de una imagen más o menos providencial de sus productos. Esa imagen de la IA como algo terrible. Tan terriblemente útil que nos dejará obsoletos. Digo terrible en ese sentido de inspirar tanto miedo como respeto. Como los dinosaurios, los alienígenas, los personajes y reinos poderosos de la Historia y la fantasía. Lo que nos hacen sentir las historias de Ciencia ficción como Yo Robot o The Arrival. Todo eso es Deinos.

 

Deinos como la sensación de presenciar algo que apenas podemos comprender
 

¿Siente usted algo de terrible en la Inteligencia artificial? Que porque nos va a quitar el trabajo, porque nos va a arrebatar la producción artística, porque se va a rebelar contra los humanos para exterminarnos como plagas ahora que tiene “consciencia”. Si de verdad es tan peligroso el desarrollo de esas tecnologías, a sabiendas de que es un “riesgo” para tantos empleos, artistas, y la gente en general, porque en cualquier momento nos van a “querer borrar”. Si es supuestamente tan peligroso y denigrante para la dignidad humana, ¿por qué no paran?, ¿por qué a nadie le interesa detener ese avance?

Y ahora, ¿cuánto de ese miedo/respeto no nos hace maravillarnos por esas tecnologías? ¿No lo ha motivado a hacerle preguntas trascendentales a ChatGPT una que otra vez? ¿No ha pensado usted si tal vez, sólo tal vez, de verdad esa IA es consciente? Y eso por no decir que esas dudas no lo hayan motivado a pagar por usar alguno de esos programas. Aquí en Latinoamérica sabemos que es raro el que paguemos por servicios en línea, aunque está siendo todo un boom de ventas en los “países desarrollados”. Y eso es lo que les importa a las 5 compañías que más se están beneficiando por estas ideas. (Puede usted ver qué empresas y por cuanto difieren del resto en cuanto a capitalización aquí). Por supuesto que no son las únicas beneficiarias, pero vea que proporcionalmente, son quienes se llevan la rebanada más grande y quienes gestionan las tendencias de ese mercado.

Hay que ser conscientes de que la propaganda, que ahora llamamos marketing, nunca ha generado cambios técnicos reales, pero logra vender cualquier idea (o cosa) muy bien. Y los Caudillos tecnológicos que han surgido desde mediados de los 80 lo saben. Las tecnologías solo merecen la etiqueta de “revolucionarias” cuando son capaces de prometer beneficios millonarios para los grupos corporativos y financieros que invierten en ellos, no cuando representan una mejora en la calidad de vida de las personas. En los últimos años, lo importante nunca es qué tan buena sea una idea en sí, sino el que tan capaz eres de venderla.

Y así pasan series de innovaciones hasta que los inversores descubren que tal vez se dejaron llevar por el juego (la Bolsa no deja de ser el Casino más grande del mundo) luego ven demasiado tarde que les vendieron humo y ahora sólo queda huir, y salvar tantos de sus millones como les sea posible. Y así burbuja tras burbuja, subida y bajada, simulacro tras simulacro: La obsesión con los dominios “.com” a principios de los 2000, las varias subidas y bajadas de criptomonedas como Bitcoin (y otras estafas), el auge (y potencial caída) los servicios de streaming, el sueño de los NFT, y ahora la Inteligencia artificial. La cual, por la magnitud del ruido de sus profetas, y la fe de sus conversos inversionistas y divulgadores, está generando un escenario parecido al del Fenómeno de las “.com”, que mencioné poco antes. Es decir, una burbuja.

Para el que hablar de la burbuja de la Inteligencia artificial le resulte nuevo, las sospechas están muy relacionadas con el efecto que produjo en la Bolsa el lanzamiento de DeepSeek. Especialmente con la revelación de su costo de entrenamiento, presuntamente mínimo (5 millones de dólares) frente al modelo GPT-4 (más de 100 millones de dólares), la empresa china entregó un producto que competía al nivel del más avanzado Modelo de lenguaje. Esto causó una conmoción que hizo que ciertos inversores huyeran de empresas relacionadas a la IA, como Nvidia, que sufrió lo que entonces se llamó: “La mayor pérdida diaria en la historia de la bolsa”. 

No estamos diciendo que los movimientos de la Bolsa son lo único que se necesita para calificar de una u otra forma la Inteligencia artificial pero sí que marcan una tendencia. Ya deberíamos saber la facilidad con la que una “tendencia” tiene la capacidad de decidir quién o qué idea o empresa “vive o muere”. Y hay un claro interés en que la IA siga aumentando su valor. Y que aumente su valor ya sea con sus aplicaciones más prácticas, para mejorar procesos productivos/servicios; o que aumente su valor e importancia con modelos de lenguaje, que son más interactivos con el usuario porque “hablan nuestro idioma”. Estos modelos de lenguaje (o LLMM), es en lo que uno suele pensar casi siempre que menciona el término “IA”, y es también el objeto central de crítica de este escrito. Mucho de la impresión que nos genera esta tecnología viene desde el nombre que se ha usado para referirse a ella. Quizá hubiera sido menos rentable hablar de estas nuevas "inteligencias", desde lo que son: modelos de lenguaje. Ya entraremos en detalle sobre ese tema en otra ocasión.

 

El poder del realismo capitalista viene en parte de la forma en la que el capitalismo subsume y consume toda la Historia previa [...] En la conversión de las prácticas y rituales en meros objetos estéticos, las creencias de culturas previas son objetivamente ironizadas, transformadas en artefactos. El Realismo capitalsta no es entonces un tipo particular de realismo; es más como el realismo en sí mismo
Mark Fisher

Preguntémonos si es si quiera posible una religión en esos términos...
Y es que seamos sinceros, la Inteligencia artificial, fuera de servir para el ocio de los más jóvenes, a veces también para paliar su soledad, o del “aumento de la productividad” (lo que sea que eso signifique) en algunos trabajos, poco más se puede decir de su utilidad a nivel usuario. Sin embargo el costo económico, ambiental y progresivamente social también, es enorme. Claro que hay que ser conscientes de que no hay una diferencia sustancial entre que los niños copien y peguen su tarea de Wikipedia o el Rincón del Vago, a que lo hagan de Chat GPT. Aunque ahora hagan pasar los textos de la máquina como suyos, el problema sigue siendo el mismo: Delegar la acción de pensar. Y compete a los profesores hallar estrategias para afianzar el conocimiento donde mejor pueden hacerlo, en el aula.

Lo peligroso, claro, viene cuando no solo son los niños de primaria o universitarios los que están usando las facilidades de la IA para eludir sus responsabilidades, sino cuando nuestros políticos lo hacen con sus discursos, quiero decir, ¿cuánto falta para que le demos a Grok los códigos de detonación nuclear de la Casa Blanca?


"😅🤖Hizo su discurso en ChatGPT y se olvidó borrar el último párrafo".

Delegar nuestra capacidad de pensar no es un problema que haya aparecido con la llegada de la IA, ya Sócrates en la Grecia antigua se peleaba con aquellos que preferían leer a recordar (parece que hasta en el rechazo a la tecnología hay niveles…). La cuestión del uso de la IA no es sólo un asunto de innovación o de ganancia económica, es también un problema ético. Y eso significa que las consecuencias de este dilema siempre van a depender sólo de que tan estúpidos seamos respecto a dicha tecnología. Del número de irresponsabilidades que cometamos como grupo frente a las mil promesas y miedos que necesitan infundir las empresas tecnológicas para vender su producto, para evangelizarnos en su religión.

De cualquier forma, es importante dimensionar que estos cambios aún no son una revolución como lo fue la llegada de la Informática y la computación. Puede que llegada la robotización lo sea, pero por ahora, si acaso es un intento de perfeccionamiento, de hacer más eficiente su uso en nuestras vidas. Ni la Inteligencia artificial ni tampoco algún otro tipo de programa piensa, usted sí. Démonos una oportunidad.  En pocas palabras, decimos que la Inteligencia artificial en sí no está cambiando el mundo, sólo está agravando los síntomas de nuestra dependencia a los monitores (Sí, su celular ya cuenta como computadora también). Que, entre otras cosas, significa agravar una forma de relacionarnos con el mundo cada vez más pasiva, más como consumidor que como autor.


Si es eso bueno o malo, véalo cada uno como quiera. Pero los cambios están allí, y si elegimos seguir siendo parte del sistema, estamos en la necesidad de adaptarnos de la mejor manera posible. O sea, una que nos permita vivir sin miedo. Justo la dirección en la que apuntamos el tiro con este escrito.

En suma, el entusiasmo colectivo que corea la marcha terrible de la IA ignora tanto los intereses económicos de un puñado de empresas, como el efecto anestésico de nuestro sentido común, no hablemos ya de sentido propio. Intoxicarse de apariencia y procurar en la realidad aquello por lo que no nos hemos esforzado, y habrá quien mejor se esfuerce por parecer antes que por ser. Un ejercicio colectivo de autoengaño. 

Y sí, debe concederse algo de mérito en este avance tecnológico que no será poca cosa, pero si guardamos aún un poco de escepticismo (no tiene uno que ser escéptico para eso), no estaremos sin defensas frente a lo conviene a quienes quieren controlar la narrativa de miedo e histeria, e incluso para evitar jugar a ser el mago de nuestro pequeño o gran círculo. Romper el misterio de la llamada Inteligencia artificial es un paso más develar lo que en estos últimos años ha querido ocultarse: la inmoralidad de unos y la incompetencia de otros.

"Escuché eso de Qi Lu; no estoy seguro de dónde sea la frase. Me dejó pensando, igual: Los fundadores más exitosos no se pusieron a crear empresas. Están en la misión de crear algo cercano a una religión, y hasta cierto punto parece que fundar una empresa es la forma más fácil de hacerlo".  
—Sam Altman, respecto a la frase al principio de esta página. 

No preste atención al hombre detrás de la cortina.


 Si en realidad fuera grande y poderoso, cumpliría su promesa.
 —¡¿Se atreven a criticar al gran Mago de Oz?! ¡Ingratas criaturas!
   El gran Oz ha hablado.
   Eh, ¡no presten atención al hombre detrás de la cortina!

 Gracias por leernos.

 

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